Marcos
No podía dejar de pensar en la maldita beca. Cada día que pasaba sin recibir noticias era como una espina más clavada en mi espalda. Había puesto tantas ilusiones en esa oportunidad, que la incertidumbre comenzaba a carcomerme por dentro.
Sentado frente a mi computadora, abrí la página del banco casi por costumbre, sin esperar encontrar nada nuevo. Pero al ver los números en pantalla, parpadeé varias veces, convencido de que mis ojos me estaban jugando una mala pasada.
Gloria ya me había