Samanta
Había pasado un mes desde aquella cita con Marcos, y aun así su presencia seguía apareciendo en mis pensamientos con una naturalidad que ya no intentaba combatir. Estaba casi segura de algo que me asustaba y me emocionaba al mismo tiempo: me estaba enamorando de él. De sus gestos simples, de la forma en que me miraba sin exigencias, del respeto con el que cuidaba cada paso que dábamos.
Me sentía distinta, más liviana. Como si el cariño de Marcos me diera energía extra, una especie de im