Samanta
—No lo soporto, Sami.
Sonreí con tristeza a la pantalla de mi celular y pude ver cómo Samuel me observaba con una mueca en los labios.
Me encontraba estacionada fuera de la academia de la señora Gloria, y como había llegado varios minutos antes, decidí llamar a Samuel para conversar sobre lo que había ocurrido horas antes en aquella cafetería.
—Pero es nuestro amigo, dulcecito —susurré, intentando apelar a los sentimientos que podían estar albergados aún en el corazón de mi amigo—. E