—Hijo… ¿cómo me llamaste?
La voz de Anabela temblaba como si no pudiera sostener el aire en los pulmones.
Carlo la miró fijamente. Por un instante no respondió. Solo la observó, como si estuviera comprobando si aquello era real o un sueño que podía romperse con un parpadeo.
Luego, lentamente, una sonrisa apareció en su rostro.
—Eres mi madre —dijo con calma—. ¿Cómo debería llamarte?
El mundo de Anabela se quebró en silencio.
No fue un ruido. Fue algo interno, profundo, como si todas las paredes