El silencio de la habitación era denso, interrumpido únicamente por el compás acelerado de dos corazones que latían al unísono.
Carlos sujetaba a Alyna con una urgencia que amenazaba con quemarlos a ambos, pero la mente de ella, siempre traicionera, levantó un muro justo cuando los labios de él rozaban los suyos con una promesa de fuego.
Con un movimiento lento, casi doloroso, Alyna detuvo el beso, apoyando las palmas contra el pecho de Carlos para sentir el latido rítmico y potente que martille