Tres meses habían pasado desde que la tormenta en la familia había comenzado a calmarse.
La mansión ya no se sentía como un lugar de tensión, sino como un espacio donde por fin podía respirarse en paz.
Y aquella mañana, todo giraba en torno a una sola cosa: la boda.
Alessia estaba frente al espejo.
El vestido blanco caía sobre su figura con una elegancia casi etérea, como si hubiera sido hecho no solo para vestirla, sino para representar todo lo que había sobrevivido hasta llegar a ese momento.