Anabela rodeó a Carlo con los brazos con una fuerza desesperada, como si al sostenerlo pudiera evitar que el mundo volviera a romperse en mil pedazos.
—¡Vamos a encontrar a Alyna, lo juro, hijo! —dijo con la voz quebrada, aferrándose a esa promesa como a un salvavidas.
Carlo no respondió de inmediato. Permaneció inmóvil unos segundos, con la mirada perdida, como si intentara procesar aquellas palabras dentro del caos que llevaba días habitando su mente.
Luego, poco a poco, levantó los brazos y c