—Eres una traidora… —la voz de Carlo salió cargada de veneno contenido—. Y nunca te perdonaré. Espero que te hundas en tu propio infierno.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, densas, pesadas, como si el mismo espacio dentro de la sala de visitas de la comisaría se negara a dejarlas desaparecer.
Eliana no respondió de inmediato. No se inmutó.
Al contrario, una leve curva apareció en sus labios, como si aquellas palabras no fueran un insulto, sino una confirmación de algo que ya sabía.
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