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Capítulo: A merced de la pasión

—¿Quién… eres tú? —preguntó con voz ronca—. Ah… ya. Eres la chica de la trampa.

Marisol no entendía. ¿De qué hablaba?

Ella retrocedió un paso y sentía que el suelo se movía bajo sus pies.

—No… yo solo… —intentó explicar, pero las palabras se chocaban entre sí—. No sé dónde estoy…

Cada paso que ella daba hacia atrás, él daba uno hacia adelante.

Hasta que sus respiraciones se entremezclaron.

Marisol se giró para huir, pero el mareo la atacó de nuevo y su rostro se estrelló contra el suelo.

No sintió dolor, solo un calor intenso en su cintura.

Todo su cuerpo se paralizó y se derritió en un instante. La mano del hombre apretó con fuerza y la atrajo hacia sí. Marisol se vio obligada a pegarse al pecho desnudo del hombre; sus músculos duros y su tacto ardiente la dejaron aturdida, el corazón latiendo con deseo.

Su corazón latía a toda velocidad, y el de él también.

Justo cuando el calor estaba a punto de envolverla por completo, recuperó la conciencia por un instante.

El aliento cálido de la mujer le calentó el pecho; su cuerpo suave y corpulento se acurrucó entre sus brazos.

Un bulto se formó rápidamente entre sus piernas; ya no pudo contenerse, buscando desesperadamente una entrada.

Un segundo después, él reclamó esos labios rojos que tanto había codiciado.

Fue un beso voraz, dominante, como si pretendiera devorar a Marisol por completo. 

Ella alzó las manos para apartarlo, pero ese pequeño gesto de resistencia solo sirvió para encender más su deseo.

Él la estrechó con furia, succionando la dulzura de su lengua con una urgencia salvaje. Los forcejeos de la mujer eran apenas caricias que lo incitaban a ir por más.

Marisol se resistió al principio, pero poco a poco su cuerpo empezó a ceder, respondiendo por instinto a cada embestida. 

Cada beso parecía apagar, gota a gota, el fuego abrasador que recorría su sangre. Sin embargo, su razón aún luchaba por escapar, gritándole que aquello era un error.

En cuanto él aflojó el agarre por un instante, Marisol lo empujó e intentó alcanzar la puerta. Pero él fue más rápido: la atrapó por la espalda, sus manos apresaron con precisión los dos suaves montículos y su aliento ardiente golpeó su oído.

Cuando la lengua de él delineó su lóbulo, Marisol soltó un gemido rindiéndose por completo.

Al día siguiente, cuando Marisol abrió los ojos, la confusión la invadió inmediatamente.

El dolor de cabeza era insoportable y su cuerpo se sentía extraño, adolorido.

Cuando intentó mover su cuerpo, se dio cuenta de que estaba desnuda. El aire frío le erizó la piel y, al voltear la cabeza, vio a un hombre durmiendo a su lado, él estaba bocabajo. El corazón le dio un vuelco.

—¿Qué hice anoche? —se preguntó, con el pánico creciendo en su pecho.

“¡IDIOTA! Me acosté con un hombre cualquiera… ¿Cómo pude hacerlo?”

En su mente solo había caos, imágenes borrosas de una noche que no podía recordar con claridad.

Recordó vagamente los toques, el deseo que había sentido, el calor del cuerpo ajeno y su propio cuerpo agotado por la experiencia.

Su piel estaba sensible, un leve dolor la recorría, y todo parecía darle vueltas.

¿Cómo había llegado a esa situación? ¿Cómo había permitido que todo pasara sin frenos, sin pensar en las consecuencias?

El miedo la invadió por completo, y sin pensarlo, se levantó de la cama con rapidez.

El hombre seguía durmiendo, completamente ajeno a su tormento. Él estaba volteado, su espalda era lo único que podía ver, y Marisol no se atrevió a mirar su rostro.

Sintió una necesidad urgente de escapar, de huir de esa realidad, de desaparecer antes de que fuera demasiado tarde.

Abrió su cartera, temblorosa, y sacó un billete de cien euros, dejándolos caer sobre la cama como si pudiera limpiar todo de anoche. 

En su mente, pensó que era un gigolo cualquiera y tenía un precio.

Luego se vistió rápidamente, con las manos temblorosas, y salió del cuarto sin mirar atrás.

Solo quería irse, desaparecer.

***

Una hora después, Valentino finalmente despertó. Sentía que la cabeza le estallaba y tenía la garganta seca.

Esta vez, la dosis había sido más fuerte que nunca.

Esos malditos debían de querer que muriera en esa cama. 

Con un movimiento rápido de ojos, inspeccionó la habitación: ella se había ido.

Una fugaz mirada de decepción cruzó sus ojos.

Se deshizo de las sábanas y caminó directo al baño. Cuando volvió a salir, ya vestía su impecable traje de sastre, luciendo de nuevo como el epítome de la élite empresarial. Justo cuando se ajustaba el reloj, un detalle en la cama captó su atención.

Frunció el ceño.

Era un billete de cien euros.

Lo sujetó entre sus dedos índice y corazón. 

—Ella... ¿me pagó por sus servicios? Eso me convierte en... —Soltó una risa seca, una mezcla de irritación y pura ironía.

Soltó el papel, dejándolo caer sobre el colchón, y entonces su mirada se ensombreció.

Junto al billete, apenas oculta por el pliegue de la sábana, una mancha carmesí se reflejó en sus pupilas grises.

—Era… virgen —susurró para sí mismo.

De inmediato, marcó un número en su teléfono.

—Encuentra a la mujer de anoche. No me importan los medios ni el coste.

—Sí, boss, pero... hay una noticia que debe ver ahora mismo.

Hizo clic en el enlace que recibió. El titular rezaba:

“Valentino Black, el multimillonario heredero de Black Light Corp, ebrio en una noche de excesos con una escort.” 

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