Capítulo: Copa envenenada

Sacó su celular rápido, ocultando la pantalla con la mano, y escribió un mensaje:

“El plan está en marcha. Marisol terminará en la cama de un gigoló y todos se enterarán. Solo recuerda enviarme el dinero acordado o sabes las consecuencias..”

Unos segundos después, su teléfono vibró.

Transferencia recibida.

Lara sonrió, complacida. Su lealtad tenía precio, después de todo.

Y mientras guardaba el celular, volvió a mirar hacia la sala privada.

Allí estaba Marisol, riendo, despreocupada, levantando la copa que acababa de tomar de la bandeja. La copa que Lara había preparado.

—Salud, amiga —susurró con una sonrisa venenosa—. Hoy tu libertad te va a costar caro.

Marisol llevaba casi una hora bailando sin parar. La música vibraba en el suelo, subía por sus piernas y le recorría el cuerpo.

El gigoló que habían contratado para animar la fiesta la tomaba por la cintura, guiándola en movimientos.

 Al principio, Marisol le devolvió la sonrisa, pero de pronto, una sacudida eléctrica le recorrió la espina dorsal. Soltó una carcajada involuntaria que sonó extraña, ajena, incluso para sus propios oídos.

Entonces, el calor estalló en su vientre. Una ola de fuego trepó bajo su piel, empapándole la frente de un sudor frío en segundos.

 —¿Qué... qué me pasa? —balbuceó, con la lengua pesada.

 Se soltó del hombre y se llevó la mano a la frente, tratando de enfocar la vista, pero las luces de la discoteca ahora la cegaban.

 El mundo empezó a girar. La gente pasaba a su lado como sombras borrosas, unas veces demasiado rápido y otras demasiado lento.

       Alargó la mano buscando un apoyo, pero solo atrapó el aire vacío. Justo antes de caer, Lara apareció a su lado. 

—Amiguita, ¿qué te pasa? —preguntó con voz dulce, casi excesiva.

—No me siento bien —admitió Marisol, aferrándose al brazo de su amiga para no caer—. Siento… no sé… algo raro.

Lara puso una cara de lástima fingida y le dio un apretón cariñoso..

—Ay, mi pobre niña, traicionada y encima ebria. Ven, ven conmigo. Te llevé una habitación para que descanses. El vino y todo lo que pasó hoy te cayó pésimo.

Marisol intentó caminar, pero las piernas le temblaban como si no fueran suyas. La alfombra cambiaba de textura bajo sus pies, se movía, se doblaba. Todo era más pesado. O más ligero. No distinguía.

—Lara… —logró decir.

Lara la miró de reojo y sonrió de una forma extraña, una mueca que hizo que Marisol se tensara por instinto. 

Pero descartó la idea rápidamente.

Incluso mientras Lala la empujaba hacia el ascensor, Marisol seguía sintiendo que algo andaba mal.

El teléfono de Lara sonó.

—Espérame aquí, querida. No tardo —ordenó, alejándose sin esperar respuesta.

Marisol se quedó apoyada en la pared del pasillo, respirando con dificultad. El mareo era insistente, como si su cabeza flotara.

Caminó unos pasos, tratando de que el aire la despejara. No funcionó.

Cuando una mano ruda se cerró en su brazo, el corazón le dio un vuelco.

—Ven conmigo, gatita en celo. La pasaremos bien —gruñó un hombre de aspecto descuidado.

El terror la atravesó al instante.

—No… suéltame…

Intentó forcejear, pero él tapó su boca. La pared se acercaba y alejaba como si respirara.

El pasillo entero se inclinaba. El olor del hombre era áspero, invasivo.

Marisol luchó, desesperada, y cuando sintió que su fuerza se desvanecía, logró asestarle un golpe bajo que lo hizo doblarse de dolor.

El hombre cayó de rodillas, soltándola.

Marisol escapó tambaleándose, casi corriendo, casi volando. No sabía dónde estaba ni hacia dónde iba.

Solo necesitaba alejarse. Su respiración se mezclaba con un murmullo que parecía venir del fondo de su propia mente.

Empujó una puerta entreabierta y entró. Una habitación oscura la envolvió.

 Apenas una línea de luz fría entraba por la ventana abierta. Se acercó, buscando aire, sosteniéndose del marco para no caer. 

Entonces, escuchó una puerta interna abrirse.

Del baño salió un hombre de torso desnudo. 

La luz de la luna trazó el contorno de sus músculos tensos, y su respiración era agitada.

—¿Quién… eres tú? 

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