Poco después, la vida volvió a abrirse paso con una fuerza nueva en la mansión.
El momento había llegado.
Marisol fue llevada a la sala de partos, y Valentino no soltó su mano ni un solo segundo. Sus dedos estaban entrelazados con fuerza, como si de ese simple contacto dependiera mantenerla estable en medio de la tormenta.
—Estoy aquí… no te voy a soltar —le decía él, con la voz tensa, intentando mantener la calma.
Pero por dentro, estaba igual de asustado.
Marisol comenzó el trabajo de parto.