Capítulo 50. La confesión de Lucifer
La oscuridad alrededor de la gasolinera abandonada era densa, un telón de terciopelo que ocultaba la desesperación y la pasión de la cabina. Elena Vespera, sentada al frente, era una estatua silenciosa, una guardiana que concedía el derecho a este momento brutal y necesario. El motor del vehículo blindado permanecía encendido, su ronroneo bajo era el único testigo de la confesión.
Liana terminó de aplicar la pomada antibiótica sobre la herida de machete de Lucifer. Su mano no temblaba, pero e