El amanecer no trajo consuelo. Trajo silencio, un silencio cargado que se colaba por los resquicios de la ventana como un recordatorio de la noche anterior. No había dormido. Mis párpados pesaban como plomos, y cada sombra en el techo se había transformado, en las largas horas de vigilia, en la silueta encapuchada o en los ojos dorados de Kaiden. El miedo se había instalado en mis huesos, un residente permanente que me hacía estremecer con cada crujido lejano de la madera.
Finalmente, cuando lo