El corazón me latía tan fuerte que sentía cada pulso en los dedos. El pasillo era una tumba de silencio, interrumpido solo por el sonido tenue del viento colándose entre las rendijas de las ventanas. Frente a mí, esa figura encapuchada seguía inmóvil, y el aire parecía espesarse entre nosotros.
No sé si fue el miedo o el instinto lo que me hizo retroceder, pero el simple roce de mis pies descalzos contra el suelo bastó para delatarme. La cabeza de la figura giró lentamente, y entonces vi esos oj