El mundo se desdibujó hasta ser solo una mancha húmeda y temblorosa contra su pecho. Ya no sentía el suelo, ni el frío, ni la vastedad del pasillo. Solo el tejido de su camisa, empapado por mis lágrimas, y la mano firme que trazaba círculos hipnóticos en mi espalda, anclándome a la realidad, impidiendo que mi alma se desintegrara en mil pedazos de dolor.
Mis piernas cedieron por completo, dejando de ser mías. Pero no caí. Un brazo sólido se deslizó bajo mis rodillas, otro rodeó mis hombros, y d