Necesitaba escuchar una voz familiar, un cable a tierra con la vida que una vez tuve.
En la frialdad de mi lujosa habitación, con la puerta firmemente cerrada, marqué el número de Valeria. El teléfono sonó un par de veces antes de que su voz, cargada de sueño y luego de preocupación instantánea, llenara el auricular.
—¿Celia? ¡Dios mío! ¡Estaba tan preocupada! No sabía nada de ti desde que llegaste a ese lugar.
Sus palabras me atravesaron. La culpa se sumó a la montaña de emociones que cargaba.