30

Luego de que la llamada de trabajo terminara, Alexander se dirigió a su habitación. Se duchó para quitarse el estrés del día y, ya más relajado, fue a la cocina a comer algo. Se sentó en el mismo lugar de siempre, solo. Después de hacerlo, se detuvo frente a la puerta de la habitación. La empujó sin avisar, revelándola acostada en la cama, pero no durmiendo. Su mirada estaba perdida en el techo.

—Quiero que sepas que ya no vas a dormir aquí —soltó Alexander, con voz firme y sin preámbulos—. Est
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