Esa tarde, la puerta de la oficina de Alexander se abrió sin previo aviso. En el umbral, se encontraba Alexis Blanco, el director de arte de la compañía. Alto, con el cabello largo atado en una coleta y un porte elegante, Alexis era por ser muy eficiente. Alexander, que estaba perdido en sus pensamientos, apenas levantó la vista.
—Alexander, lo siento por entrar así. No logré comunicarme contigo antes —explicó, con voz tranquila.
—Pasa, Alexis —respondió Alexander, su tono era un tanto vacío—.