Alexander entró en la habitación. Ya no era esa fría y caótica sala de cuidados intensivos, sino un espacio más tranquilo, con luz tenue y menos aparatos.
A pesar de la paz que se sentía, el corazón de Alexander latía con fuerza. Valeria yacía en la cama, y aunque parecía dormir, esta vez él sabía que en cualquier momento abriría los ojos.
Se acercó sigiloso, casi con inseguridad, como si temiera romper el frágil silencio. Se detuvo a su lado, la observó por unos segundos, y el aire que llenó