Después de comer lo que Doris le había traído, y a pesar de saber que Alexander se había molestado con ella por hurgar en su oficina, Valeria sintió una necesidad imperiosa de hacerlo de nuevo. La curiosidad sobre Isabella Beaumont era una llama que no podía apagar.
Se dirigió al despacho en un silencio profundo, asegurándose de que Doris no se percatara de su incursión. Entró; la puerta ni siquiera tenía seguro, pero aun así, sentía la adrenalina recorriendo su cuerpo, temiendo ser atrapada. S