Lo último que Alejandro esperaba cuando su mejor amigo —Santiago— lo arrastró a su propio bar, alegando que necesitaban liberar algo de tensión antes del gran día, era recibir una propuesta sexual de una bajita con ojos que gritaban estúpida inocencia.
“¿Qué?” Trató de no fruncir el ceño cuando la pregunta salió de su boca.
Normalmente, hacía un muy buen trabajo controlando su expresión, era necesario en su línea de trabajo.
Pero ese no parecía ser el caso cuando se trataba de Daniela Torres.
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