TANYA RHODES
Abrí los ojos y todo me daba vueltas. El dolor ya no era punzante, pero seguía ahí, como el que se esconde detrás de un golpe viejo o de un moretón. Puse ambas manos en mi vientre y aunque nadie me lo había dicho aún, entendí que ya no estaba. No sabía como explicarlo, pero se sentía vacío y frío, cuando antes hubo calor. Cerré los ojos y traté de respirar profundamente para controlar el dolor de mi corazón, mientras las lágrimas caían por mis mejillas y mis labios temblaban.
—¿Ta