TANYA RHODES
Nos quedamos quietas mientras Paulina agonizaba, con la cabeza recargada en el borde de la cama. Dirigí mi atención hacia la puerta, esperando pacientemente, temerosa y al mismo tiempo sabiendo quien estaba aquí.
—Es Viggo… Estoy casi segura… —respondió entre jadeos—. Vino por ti.
Intentó esbozar una sonrisa cansada mientras sus parpadeos se volvían más lentos.
—Tranquila, todo estará bien —dije mientras presionaba también con mis manos, exprimiendo el veneno de su brazo, sacándo