Mundo ficciónIniciar sesiónUn segundo. Eso fue lo que le tomó a la vida de Pablo Rizzo saltar por los aires. Como capitán encubierto, Pablo tenía un objetivo claro: desmantelar al clan Greco. Pero el día que debía ser el más feliz de su vida, el día que supo que sería padre, la tragedia lo marcó a fuego. En medio de una explosión devastadora, tomó una decisión que lo perseguiría por siempre: salvó a una joven caprichosa de ojos desafiantes, mientras su prometida embarazada moría entre los escombros. Esa joven era Isabella Greco, la hija del hombre que juró destruir. Cuatro años después, el odio es lo único que mantiene a Pablo en pie. Se ha infiltrado en las entrañas de la mafia, ganándose la confianza de los Greco con un solo propósito: ejecutar una venganza lenta y despiadada. Para él, Isabella no es una mujer; es el recordatorio viviente de todo lo que perdió. Ella vive la vida de lujos que le correspondía a su familia muerta, y él está dispuesto a arrebatárselo todo. Pero entre secuestros fingidos, noches de tormenta en cabañas aisladas y una tensión sexual que quema más que el odio, pero el descubre que el corazón no entiende de bandos. Tras la máscara de niña mimada, ella esconde cicatrices que él empieza a reconocer como propias. ¿Se puede amar a quien juraste destruir?
Leer másDiez años. Diez años habían pasado desde que Isabella Greco finalmente caminó hacia mí en aquel jardín de la Toscana, no como una prisionera, ni como una madre por obligación, sino como la mujer que decidió, por voluntad propia, unir su destino al mío. Diez años de matrimonio que se sentían como un suspiro y, al mismo tiempo, como una vida entera de batallas ganadas.Hoy, la mesa del comedor había sido un caos absoluto, el tipo de caos que yo antes habría despreciado y que ahora era mi único motor. Elena, con sus quince años y esa mirada afilada que heredó de su madre, discutía de política con Matheo hijo, de ocho. Los gemelos, de seis años, intentaban convertir sus guisantes en proyectiles mientras Isabella intentaba mantener la compostura de una reina, aunque yo veía la comisura de sus labios temblar por la risa contenida.—Sabes que técnicamente no soy tu esposa frente a estos niños cuando se portan así —me había susurrado ella mientras pasaba a mi lado para recoger los platos—. En
La villa en Florencia se había convertido en mi purgatorio y mi paraíso personal. Durante el último año, me había acostumbrado a vivir en esa línea delgada que Isabella había trazado con una precisión cruel: el "solo sexo". Era un trato que acepté con la desesperación de un náufrago, sabiendo que, aunque ella decía que solo buscaba alivio físico, sus ojos me contaban una historia de amor que su orgullo todavía no se atrevía a pronunciar.Cada encuentro era una batalla silenciosa. Yo la tocaba con una devoción que intentaba derribar sus muros, y ella me recibía con una intensidad que a veces me hacía olvidar que, al salir de esa habitación, volveríamos a ser "solo los padres de Elena".Esa noche, el calor en la Toscana era sofocante, pero no tanto como el fuego que siempre estallaba entre nosotros.Habíamos cenado en silencio, un silencio cargado de electricidad, mientras Elena dormía en la habitación contigua bajo la vigilancia de la niñera. Isabella me había mirado sobre la copa de v
El aire de la noche en Florencia era denso, cargado con el aroma de los jazmines que trepaban por los muros de la villa que los Greco habían asignado a Isabella. Había pasado un año exacto desde que el llanto de Elena rompió el silencio de aquella clínica en Atenas. Un año en el que yo había sido un espectador en la periferia de su vida, cumpliendo la promesa de darle espacio, mientras mis manos picaban por la necesidad de sostenerla, de protegerla, de amarla como el hombre que finalmente era.Esa noche, sin embargo, el aire era distinto. Isabella me había citado. No para hablar de los fondos del fideicomiso de la niña, ni para discutir las medidas de seguridad que Austin insistía en reforzar. Me había citado después de que Elena se durmiera, con una voz que, por primera vez en meses, no sonaba a distancia profesional.La encontré en la terraza superior. Llevaba un camisón de seda negra que apenas rozaba sus muslos, y su cabello oscuro caía en cascada sobre sus hombros, brillando bajo
La luz dorada del atardecer de la Toscana se filtraba a través de los ventanales de la villa, proyectando sombras alargadas sobre el suelo de terracota. El aire olía a romero, a tierra húmeda y al aroma inconfundible del café recién hecho que Pablo preparaba en la cocina. Habían pasado cinco años desde que la oscuridad de Atenas casi los consume a ambos. Cinco años desde que Elena nació para iluminar sus ruinas.Su relación era algo que nadie afuera podía entender, un rompecabezas de piezas que no encajaban del todo pero que se negaban a separarse. Después del primer año de distancia, de visitas cortas y silencios cargados de tensión, Isabella había sido la que rompió el hielo con una propuesta que pretendía ser pragmática: Solo sexo. Un acuerdo para liberar la tensión de dos cuerpos que se buscaban como imanes, una mentira piadosa que ambos aceptaron para no tener que admitir que sus almas seguían encadenadas.Pero la naturaleza tiene su propia forma de reírse de los acuerdos de los





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