Mundo ficciónIniciar sesiónUn segundo. Eso fue lo que le tomó a la vida de Pablo Rizzo saltar por los aires. Como capitán encubierto, Pablo tenía un objetivo claro: desmantelar al clan Greco. Pero el día que debía ser el más feliz de su vida, el día que supo que sería padre, la tragedia lo marcó a fuego. En medio de una explosión devastadora, tomó una decisión que lo perseguiría por siempre: salvó a una joven caprichosa de ojos desafiantes, mientras su prometida embarazada moría entre los escombros. Esa joven era Isabella Greco, la hija del hombre que juró destruir. Cuatro años después, el odio es lo único que mantiene a Pablo en pie. Se ha infiltrado en las entrañas de la mafia, ganándose la confianza de los Greco con un solo propósito: ejecutar una venganza lenta y despiadada. Para él, Isabella no es una mujer; es el recordatorio viviente de todo lo que perdió. Ella vive la vida de lujos que le correspondía a su familia muerta, y él está dispuesto a arrebatárselo todo. Pero entre secuestros fingidos, noches de tormenta en cabañas aisladas y una tensión sexual que quema más que el odio, pero el descubre que el corazón no entiende de bandos. Tras la máscara de niña mimada, ella esconde cicatrices que él empieza a reconocer como propias. ¿Se puede amar a quien juraste destruir?
Leer másEl sol de Apulia quema, pero no tanto como el secreto que Pablo Rizzo guarda en el bolsillo de su chaqueta. Es un sobre pequeño, un papel térmico con una mancha borrosa que, para cualquier otro, no significaría nada. Para él, es el inicio de todo.
—Voy a ser papá, Martin — susurra Pablo, con la voz quebrada por una alegría que apenas puede contener.
A su lado, su hermano mayor, Martin, aprieta el volante del vehículo oficial. Sus ojos, endurecidos por años en la fuerza, se suavizan por un instante.
—Felicidades, renacuajo. Pero guarda esa sonrisa. Estamos a dos kilómetros del complejo de Apolo Greco. Si esto sale bien, hoy mismo le ponemos fin a ese reinado de sangre.
Pablo asiente, sintiendo el peso de su placa de capitán contra el pecho. En la parte trasera de la furgoneta, el equipo de asalto revisa sus armas. Entre ellos está Cianna, su prometida, su compañera de vida y de armas. Ella le guiña un ojo, con el cabello recogido bajo el casco táctico. Se ve hermosa incluso rodeada de acero y pólvora.
—Concéntrate, Rizzo —le dice ella con una sonrisa ladeada—. Tenemos un futuro que proteger.
Al llegar al complejo, el aire se vuelve denso. La operación de aprehensión contra el jefe de la mafia italiana debería ser quirúrgica, pero algo se siente mal. El silencio es demasiado absoluto.
—¡Hay civiles en el perímetro! —grita Martin por la radio, su voz cargada de urgencia—. ¡Pablo, veo chicos en el ala oeste! ¡No disparen!
Pablo se lanza fuera del vehículo. El caos estalla en un segundo. Gritos, órdenes contradictorias y, de repente, el sonido que lo cambiará todo: un pitido agudo, metálico, que nace desde las entrañas del edificio.
—¡Cianna, sal de ahí! —aúlla Pablo, corriendo hacia la entrada.
En medio del humo, sus ojos encuentran a una joven. Es pequeña, con el cabello rojizo cortado a la altura de los hombros y un vestido de seda que parece fuera de lugar en ese matadero. Está paralizada, con los ojos abiertos de par en par, mirando hacia el techo que empieza a ceder.
Pablo no lo piensa. No sabe quién es ella. No sabe que lleva la sangre del hombre que busca. Solo ve una vida que salvar.
—¡Abajo! — grita, lanzándose sobre la desconocida justo cuando el mundo se parte en dos.
BOOM.
La explosión lo lanza por los aires. El calor es una bestia que le lame la espalda. Pablo aterriza con fuerza, protegiendo el cuerpo de la chica bajo el suyo. El polvo de ladrillo y el olor a carne quemada inundan sus pulmones.
Aturdido, Pablo se levanta sobre sus codos. La joven que salvó se sacude el polvo, mirando con desdén su vestido roto.
—Mi vestido... está arruinado —se queja ella con una voz chillona y caprichosa, ignorando los cadáveres a su alrededor. Se pone en pie y se aleja hacia unos hombres que la esperan en las sombras, sin siquiera darle las gracias al hombre que arriesgó su vida por ella.
Pablo intenta llamarla, pero su voz no sale. Sus ojos viajan hacia el lugar donde debería estar la brecha de entrada.
Donde debería estar Cianna.
—¿Cianna? —murmura, gateando sobre los escombros calientes.
—¡Pablo, no entres! — Martin lo sujeta por los hombros, con el rostro desencajado y manchado de hollín.
—¡Suéltame! ¡Ella está ahí dentro! ¡Cianna está ahí dentro!
Pero no hay nada a qué entrar. El ala donde su prometida operaba ha colapsado por completo. Pablo se desploma de rodillas, con las manos ensangrentadas rascando la tierra. En el suelo, justo frente a él, brilla algo entre las cenizas: es el anillo de compromiso que Cianna nunca se quitaba.
Pablo Rizzo levanta la vista hacia la dirección en la que se fue la chica del vestido de seda. En ese momento, no sabe que ella es la hija de Apolo Greco. Solo sabe que, por salvar a esa desconocida insignificante, ha dejado morir a la mujer que amaba y al hijo que nunca llegará a conocer.
El hombre que era hace cinco minutos ha muerto. En su lugar, solo queda un capitán de policía con el alma envenenada por una promesa: destruir a quien sea que haya causado este infierno.
El motor del todoterreno rugía en el estacionamiento subterráneo, un eco metálico que encajaba perfectamente con el caos que martilleaba mi cráneo. Tenía la mano en la palanca de cambios, apretándola hasta que los nudillos me blanquearon, cuando la puerta del copiloto se abrió de golpe.—¡Ni se te ocurra arrancar, Pablo! —Austin se lanzó al asiento, jadeando, con el rostro desencajado y los ojos inyectados en sangre.—Bájate del coche, Austin —mascullé, mi voz sonando como grava triturada—. No estoy jugando. No me importa si eres
La sala de reuniones de la unidad táctica olía a café recalentado y a la electricidad estática de una docena de computadoras funcionando a pleno rendimiento. Yo estaba sentado en un extremo, con la mirada perdida en los reflejos de la mesa de cristal, sintiendo el peso de la Beretta en mi sobaquera y el vacío crónico en mi pecho.—Oye, Rizzo —susurró Sarah, una de las analistas más jóvenes, inclinándose hacia mí con una sonrisa curiosa—. No he podido evitar verlo cuando has desbloqueado el teléfono para revisar el mensaje de Martin.Me tensé. Había dejado el móvil sobre la mesa un segundo de más. En la pantalla, una foto descuidada: Isabella en la cocina de la mansión, con el cabello rojizo un poco alborotado y una taza de café entre las manos, riendo
El viento en el cementerio de los Greco soplaba con una frialdad que calaba hasta los huesos, arrastrando el olor a tierra mojada y a flores marchitas. Caminé por el sendero de grava con la cabeza gacha, sintiendo el peso de los ramos de amapolas blancas y rojas que apretaba contra mi pecho. Mis costillas aún protestaban con cada paso, y la herida del hombro de la última misión punzaba bajo la chaqueta, pero nada dolía tanto como el silencio de este lugar.Me detuve frente a la losa de mármol. El nombre de Isabella Greco brillaba con una crueldad metálica
El aire en el almacén abandonado de los muelles de Nueva Jersey olía a pólvora, salitre y muerte. Las ráfagas de las metralletas cortaban la oscuridad, iluminando por milésimas de segundo el caos de cajas de madera y casquillos de bala que cubrían el suelo. Pablo estaba fuera de cobertura, de pie en medio del pasillo central, disparando su arma reglamentaria con una precisión mecánica, pero con una indiferencia que helaba la sangre. Una bala le había rozado el hombro y otra le había atravesado el costado, tiñendo su camisa táctica de un rojo oscuro y viscoso, pero él ni siquiera parpadeaba.No buscaba refugio. No buscaba sobrevivir. Buscaba el final.—¡Rizzo, al suelo! —rugió una voz a lo lejos, pero Pablo no escuchó.Un mercenario se asom&
Último capítulo