La sentencia de mi verdugo.
—Quiero disculparme contigo —soltó Jax entre dientes, como si cada palabra fuera un sacrificio.
Aitana lo miró… como si un ovni lleno de extraterrestres hubiera descendido frente a ella. Jax O’Brien pidiendo disculpas era tan insólito, tan fuera de su naturaleza, que por un instante pensó que estaba soñando o delirando.
Él se rascó la cabeza, incómodo, casi avergonzado, como si ni él mismo creyera lo que estaba haciendo. Y mentalmente, se preguntaba si estaba loco.
—Señor O'Brien, usted no tien