El hijo de mi enemigo no puede morir en mis manos.
Ya en el quirófano, Aitana miraba al pequeño Jaden con una ternura que le apretaba el pecho. Había algo en él que le provocaba una conexión inmediata, casi visceral.
«Quizás siento esto porque mi Alex tendría la misma edad si no hubiera muerto», pensó con una punzada que le atravesó el alma.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas sin que pudiera contenerlas, y un brillo tembloroso que empañaba la lámpara quirúrgica sobre ellos.
Su ayudante quirúrgico, atenta, tomó un papel desechable y co