Maldita sea, déjame operarlo.
—¡Si a mi hijo le pasa algo, te mato! —le escupió, apretando más y más.
Aitana soltó un gemido ahogado, aferrándose a su brazo, sintiendo el dolor clavarse como fuego, pero aun así, aun con el aire escapando de sus pulmones, la parte médica de ella se impuso, gritándole internamente que tenía que salvar a ese niño.
A ese niño enfermo.
Ese niño inocente.
Ese niño que aún tenía una oportunidad…
A diferencia del suyo.
«Ese niño es medio hermano de mi hija, aunque nunca lo sabrán, lo haré en nombre