El aire se quedó atrapado en mi garganta. Las palabras de mi otra yo golpearon mi pecho como si fueran piedras pesadas.
Miré a Alexander, que estaba a mi lado. Él seguía de pie, con la cara seria y esa mirada gris que siempre me hacía sentir mil cosas a la vez.
—¿Es verdad lo que dice? —le pregunté, con la voz temblando tanto que apenas pude articular—. ¿Tú mataste a mi padre?
Él no me miró a los ojos. Bajó la cabeza, y sus manos inmensas, las que tantas veces me habían acariciado con ternura,