Cuando está a punto de salir del cuarto, Marina se sorprende al ver entrar a su madre, que carga una caja grande que parece pesar tanto como la emoción reflejada en su rostro.
—¡Qué bueno que te encuentro despierta, Mari! —exclama Daniela, cruzando la puerta sin ceremonias—. ¡Mira lo que te compré! —dice mientras abre la tapa de la caja con un brillo en los ojos.
A pesar de la prisa que la domina, Marina se ve obligada a detenerse por un momento. La energía de su madre es casi contagiosa. Se ac