Mundo ficciónIniciar sesiónJake Pepper arruinó la vida de Mia Castelli. Y ahora tiene que vivir con ella. Mia solo quería una cosa: mantener su beca y construir un futuro lejos del abandono de su madre. Jake —rico, arrogante y peligrosamente irresistible— se aseguró de destruirlo todo por diversión. Pero el destino tiene un sentido del humor cruel. Cuando sus padres se casan, Mia y Jake quedan atrapados bajo el mismo techo… y en una guerra constante donde cada mirada es un desafío y cada roce, una amenaza. Porque odiarlo debería ser fácil.
Leer másPunto de vista de Mia
Me senté sola en una pequeña mesa de la esquina, como siempre en la cafetería, con la cabeza hundida entre los libros y la bandeja de comida. Ese rincón no era casualidad. Era estratégico. Desde ahí podía ver la salida, evitar la mayoría de miradas y desaparecer lo suficiente como para que nadie —especialmente él— decidiera convertir mi existencia en un espectáculo.
Tomé un sorbo de agua mientras intentaba concentrarme en mi libro de texto de Administración de Empresas. Tenía exactamente veinte minutos para terminar de almorzar antes de mi siguiente clase. Veinte minutos que no eran un descanso, sino una extensión más de mi jornada. Cada segundo contaba para alguien como yo. No tenía margen de error. No tenía respaldo. Era una aspirante a beca sin apellido importante, sin dinero, sin una red que amortiguara una caída.
Subrayé una línea clave, repitiéndola mentalmente como si así pudiera grabarla en mi memoria. Control de recursos. Optimización. Estrategia. Supervivencia.
Estaba a punto de darle un mordisco a mi ensalada cuando sentí una presencia a mi lado. No necesité levantar la vista para saber quién era. El aroma a colonia cara siempre llegaba antes que él. Intenso. Seguro. Invasivo.
Jake Pepper.
Mi cuerpo se tensó de inmediato, pero mantuve la vista fija en el libro, obligándome a ignorarlo.
—¿Sigues estudiando, Castelli? —su voz baja rozó mi oído, demasiado cerca— Sabes que por mucho que leas, nunca encajarás aquí. No eres nadie en este mundo.
Seguí leyendo. O al menos lo intenté. Las palabras comenzaron a perder sentido bajo la presión de su presencia. Cada músculo de mi cuerpo se volvió consciente de él, de su cercanía, de la forma en que disfrutaba ese control invisible.
Había aprendido que Jake se alimentaba de atención. Si no se la daba, pensé, se aburriría.
Me equivocaba.
—¿Otra vez ignorándome? —continuó, y pude escuchar la sonrisa en su voz— Qué bonito. Pero tengo sed.
Mi mano se tensó alrededor del tenedor.
Antes de que pudiera reaccionar, extendió la mano y tomó mi botella de agua. Alcé la vista de golpe. Nuestros ojos se encontraron apenas un segundo, los míos oscuros como el infierno los de èl tan azules y cálidos como un cielo de verano, es una lastima que la maldad más profunda se esconda bajo tanta belleza. Había diversión debajo de ese azul cielo.
Destapó la botella con calma, como si nada importara, y la volcó.
El agua cayó directamente sobre mi libro abierto.
El sonido fue lo primero que me golpeó. Un susurro húmedo, devastador. La tinta comenzó a correrse ante mis ojos, los subrayados —horas de esfuerzo— se deshicieron en manchas irreconocibles. Luego alcanzó mi comida, convirtiendo la ensalada en una masa aguada y sin forma.
Mi respiración se detuvo.
Ese libro costaba más de lo que ganaba en una semana.
—Uy —susurró Jake.
Se inclinó hasta quedar a centímetros de mi rostro. Podía sentir su aliento, su presencia, su intención.
—Parece que has tenido una pequeña rabieta, becaria.
La palabra se clavó como una aguja.
La cafetería quedó en silencio. Lo sentí antes de verlo, miradas llenas de burlas, expectativa, risas contenidas. Sus amigos observando. Las chicas que lo seguían como idiotas sonriendo como si aquello fuera entretenido.
Había soportado esto durante meses. Comentarios, empujones, humillaciones pequeñas, constantes. Siempre elegía el silencio. Porque el silencio me mantenía aquí.
Pero al mirar mi libro arruinado…
Algo dentro de mí se rompió.
Empujé la silla hacia atrás y me levanté de golpe. Antes de poder detenerme, agarré mi bandeja y la lancé contra su cara.
El impacto fue seco.
La ensalada empapada y el aderezo grasiento mancharon su sudadera blanca de diseñador, deslizándose lentamente como una declaración de guerra.
El tiempo se detuvo.
Jake se quedó inmóvil.
—¿Qué demonios te pasa? —grité, con la voz temblorosa pero firme— Debes pensar que el mundo gira a tu alrededor, pero no es así. ¡He terminado contigo, Jake! ¡Búscate una vida y deja la mía en paz!
Un murmullo recorrió la cafetería.
Jake bajó la mirada hacia su ropa, observando el desastre. Cuando volvió a mirarme, la diversión había desaparecido. Solo quedaba furia.
Dio un paso hacia mí.
—No deberías haber hecho eso —dijo en voz baja.
No retrocedí.
—Yo no soy la razón por la que te sientes miserable —respondí, sosteniendo su mirada— Déjame en paz.
—Te arrepentirás —siseó.
Un escalofrío me recorrió la espalda, pero no le di el gusto de verlo.
Agarré mi mochila empapada y salí de la cafetería sin mirar atrás. El aire del pasillo me golpeó con fuerza. No supe en qué momento empecé a correr, solo sabía que necesitaba alejarme. Las lágrimas llegaron después. Calientes. Incontrolables. Rabia, humillación, impotencia, todo mezclado en un nudo que me cerraba la garganta.
Pensé que ese sería el final.
Que, por una vez, había puesto un límite.
Treinta minutos después, me llamaron a la oficina del decano.
El decano Morrison me observó con una expresión de decepción calculada, como si ya hubiera decidido mi culpabilidad antes de que hablara.
—Señorita Castelli, esperamos cierto nivel de conducta de nuestros estudiantes —dijo con tono firme—, especialmente de aquellos que dependen del apoyo financiero de esta institución.
Tragué saliva.
—Él echó agua sobre mis libros, decano. Lleva meses acosándome. Yo no hice nada hasta hoy.
—El señor Pepper afirma que lo atacó sin provocación —respondió con frialdad— Y dada la contribución de su familia a esta universidad, su palabra tiene peso.
Claro que lo tenía. Ellos financiaban edificios, facultades completas.
Yo apenas podía pagar mis libros.
—Por esta razón, su solicitud de beca ha sido puesta en revisión. Necesitamos determinar si usted es apta para continuar en esta institución.
La sala pareció inclinarse.
El aire se volvió denso, casi irrespirable.
—¿En revisión…? —repetí en un susurro.
El decano no respondió de inmediato. Solo asintió levemente, como si aquello fuera un procedimiento rutinario y no la posible destrucción de mi futuro.
—Puede retirarse, señorita Castelli.
No recuerdo cómo salí de esa oficina.
Solo sé que mis piernas se movían solas, como si ya no me pertenecieran. El pasillo se extendía frente a mí, largo, frío, indiferente. Las voces de otros estudiantes eran un murmullo lejano, ajeno, como si yo ya no formara parte de ese mundo.
“En revisión”.
Dos palabras. Dos palabras capaces de borrarlo todo.
Mi beca, mi esfuerzo, mi única salida.
Apreté los dedos contra las correas de mi mochila empapada, sintiendo el peso de todo lo que estaba a punto de perder. No podía caer, no ahora. No después de todo lo que había sacrificado para estar aquí.
Empujé la puerta del edificio y el aire frío me golpeó el rostro.
Y entonces lo vi.
Jake Pepper.
Alto —demasiado alto—, fácilmente por encima del metro ochenta y cinco, con esa presencia que llenaba cualquier espacio sin esfuerzo. Su cabello oscuro estaba aún húmedo, ligeramente despeinado, como si acabara de salir de la ducha en los vestidores del equipo de hockey. Algunas gotas todavía resbalaban por su sien, perdiéndose en el cuello de su camiseta negra.
Estaba apoyado contra su coche, un Aston Martin negro mate, impecable, elegante, tan intimidante como él mismo. Como si no tuviera nada mejor que hacer que esperarme. Como si todo esto —mi caída, mi miedo, mi vida desmoronándose— fuera simplemente parte de su rutina diaria.
Como si arruinarme… fuera un hábito. Como si arruinar vidas fuera un pasatiempo.
Mi estómago se tensó.
Por un segundo, pensé en dar media vuelta. Fingir que no lo había visto. Evitarlo.
Pero ya era tarde. Él ya me estaba mirando.
Una sonrisa lenta, satisfecha, se dibujó en su rostro cuando se incorporó y caminó hacia mí con esa seguridad irritante que lo definía.
—Vaya, becaria —dijo, inclinando ligeramente la cabeza— ¿Te fue bien?
No respondí.
Si abría la boca, iba a romperme.
Jake no pareció molesto por mi silencio. Al contrario. Parecía disfrutarlo más.
Sin prisa, extendió la sudadera manchada —esa misma que yo había arruinado— y la sostuvo entre nosotros con dos dedos, como si fuera algo sucio… o insignificante.
Luego la dejó caer sobre mis brazos. El contacto me hizo reaccionar.
—La lavarás —dijo con calma— Y me la traerás mañana. Impecable.
Alcé la vista, incrédula.
—¿Qué?
Su expresión cambió apenas. No perdió la sonrisa, pero algo en sus ojos se endureció.
—No me gusta repetir las cosas, Castelli.
Su voz bajó, más fría, y mucho más peligrosa.
—La lavarás. Y la tendrás lista mañana.
Sentí cómo la rabia volvía a subir, mezclándose con algo más oscuro. Algo que ya no era solo humillación.
Era impotencia.
—No soy tu sirvienta infeliz parásito, puedes comprar diez mil más igual a esta—dije, apretando la tela entre mis dedos.
Jake dio un paso más cerca.
Demasiado cerca.
—No, no eres mi sirvienta —respondió suavemente— Pero eres la chica cuya beca está “en revisión”, y además esta tiene un valor “sentimental” para mi.
El mundo se detuvo, otra vez. Sus palabras no fueron una amenaza directa, fueron peores. Fueron un recordatorio.
—Tu, con sentimientos, lo dudo—Me aventure a decir.
—Si no lo haces… —continuó ignorando mi sarcasmo, inclinándose lo justo para que solo yo pudiera oírlo— me aseguraré de que esa revisión tenga un resultado muy claro.
Se separó lo suficiente para mirarme a los ojos. Y entonces lo dijo, sin prisa, sin emoción:
—Te echarán.
Sentí un nudo cerrarse en mi garganta.
—Mocosa malcriada.
La palabra cayó como un golpe.
Jake retrocedió, como si ya hubiera terminado conmigo, como si ya hubiera ganado.
—Mañana, Castelli —añadió, girándose para volver a su coche— No me hagas esperar.
Se subió sin mirar atrás. El motor rugió un segundo después, rompiendo el silencio que había dejado atrás.
Me quedé allí, inmóvil. Con la sudadera entre las manos.
No hubo reinicio, no hubo transición reconocible entre lo que habíamos sostenido y lo que comenzó a desplegarse después, solo una continuidad más densa, más cerrada, más íntima en la forma en que se adhería a cada capa de lo que todavía intentaba identificarse como propio, y en esa continuidad, lo primero que cambió no fue el entorno, sino la forma en que el entorno nos atravesaba, como si hubiera dejado de existir afuera para instalarse definitivamente en la estructura misma de nuestra percepción, reconfigurando desde dentro la manera en que cada pensamiento podía nacer sin ser inmediatamente absorbido por una lógica que ya no distinguía entre origen y consecuencia.Jake no se movió, pero su quietud dejó de ser inmovilidad para convertirse en una forma de precisión, una contención calculada donde cada microvariación de su respiración parecía alinearse con una arquitectura más amplia que lo utilizaba como punto de ajuste sin necesidad de imponer nada, y en esa alineación, en esa forma
No hubo ruptura entre lo que acabábamos de comprender y lo que empezó a ocurrir inmediatamente después, solo una continuidad que se volvió más exigente, más íntima, más invasiva en la forma en que atravesaba cada capa de lo que aún podíamos llamar “nosotros”, como si el sistema hubiera dejado de operar sobre la superficie de nuestras decisiones para empezar a intervenir directamente en la arquitectura que las hacía posibles, y en ese desplazamiento silencioso, sin anuncio, sin transición perceptible, lo primero que desapareció no fue el control, sino la ilusión de que alguna vez nos había pertenecido.Jake no soltó mi mano, pero el contacto ya no funcionaba como ancla sino como interfaz activa, una zona de intercambio donde lo que éramos se mezclaba sin fricción con lo que el sistema necesitaba que fuéramos, y en esa mezcla, en esa superposición constante de capas que ya no podían separarse sin romper algo más profundo, sentí cómo la noción misma de identidad empezaba a redistribuirse
No hubo transición visible entre lo que éramos y lo que comenzábamos a ser, solo una continuidad que se volvió más exigente, más precisa, como si el sistema hubiera dejado de tolerar cualquier forma de ambigüedad que no pudiera ser utilizada directamente en la siguiente fase de su propia evolución, y en ese desplazamiento silencioso, casi imperceptible en su forma pero brutal en su implicación, comprendí que ya no estábamos siendo llevados hacia una resolución, sino hacia una función, hacia un estado donde nuestra existencia no iba a definirse por lo que elegíamos, sino por lo que éramos capaces de sostener sin romper la coherencia de algo que ya no dependía de nosotros para continuar.Jake no soltó mi mano, pero el contacto dejó de ser físico en el sentido tradicional; ya no era calor, ni presión, ni siquiera presencia constante, sino una especie de anclaje compartido dentro de una estructura que nos atravesaba a ambos, una referencia que persistía no porque el sistema la permitiera,
La transición no ocurrió como ruptura ni como avance reconocible, sino como una reorganización íntima que empezó a sentirse desde dentro antes de poder observarse desde fuera, una especie de desplazamiento silencioso donde la realidad dejó de presentarse como algo que habitábamos para empezar a experimentarse como algo que nos estaba utilizando como su propio punto de anclaje, y en ese cambio, casi imperceptible pero absoluto, comprendí que ya no había un “afuera” desde donde evaluar lo que estaba ocurriendo, porque todo lo que podía ser observado ya estaba siendo filtrado por la misma lógica que intentábamos entender sin dejar de formar parte de ella.Jake no soltó mi mano, pero la presión entre nuestros dedos ya no respondía a una necesidad física, sino a una decisión sostenida, una insistencia en mantener una referencia mutua dentro de un sistema que empezaba a diluir cualquier forma de separación que no contribuyera a su coherencia interna, y esa resistencia mínima, ese gesto apar





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