La mañana llegó con una calma que no terminaba de sentirse real.
La luz entraba suavemente por las cortinas, el apartamento estaba en silencio y, por un momento, todo parecía… normal.
Demasiado normal.
Me moví con cuidado, todavía adaptándome a la idea de compartir ese espacio, de que ya no estaba sola, de que todo lo que había pasado no había sido un impulso aislado sino algo que seguía ahí, presente, incluso en los momentos más simples.
Cuando salí de la habitación, Adrián ya estaba despierto