La decisión me pesaba en el pecho como una piedra, pero sabía que no había vuelta atrás. No podía seguir permitiendo que la guerra de Luca se extendiera hasta alcanzarme, hasta envolver a nuestro bebé en esa sombra que crecía cada día más. Tal vez él no lo comprendiera nunca, tal vez me odiara por ello, pero yo tenía que elegir. Y esa noche, lo hice.
Cuando se lo dije, su reacción fue como un golpe.
—Me iré con mis padres —le murmuré, con la voz quebrada—. A Estados Unidos. Solo por un tiempo,