El amanecer llegó teñido de un silencio inquietante, como si el mundo entero se hubiera encogido en espera de un desastre inevitable. La tensión en la casa era tan densa que apenas podía respirar. Sabía que Luca estaba preparando algo. Lo sentía en la manera en que caminaba, en la rigidez de su mandíbula, en el brillo oscuro de sus ojos que no pertenecía al hombre que me había confesado la noche anterior cuánto tiempo llevaba esperándome. Era otra mirada, mucho más fría, más letal.
No tardé en