El tiempo dejó de existir para mí en ese almacén húmedo y frío. Las horas se arrastraban como cuchillas sobre la piel. Mis muñecas dolían por la presión de las cuerdas, mis labios estaban secos bajo la mordaza y mi corazón se desangraba de miedo. El eco de las risas de Matteo todavía me taladraba la cabeza, pero fue otro sonido el que me heló hasta los huesos: el chirrido de una puerta metálica abriéndose.
Mis ojos buscaron instintivamente la sombra que apareció. Era Adriano. Caminaba con paso