La noche se había vuelto interminable. Me revolvía en la cama, incapaz de conciliar el sueño. La ausencia de Luca pesaba como un hueco en el pecho. Había salido horas atrás para reunirse con socios y ajustar detalles de su guerra silenciosa contra Bianca y Adriano. Antes de irse, se inclinó sobre mí, me besó la frente y me prometió que no tardaría. “Todo estará bien, dolcezza. La casa está vigilada”, me susurró con esa seguridad que me hacía creerle aunque mi corazón temblara.
Y sí, la mansión