El silencio en la habitación se sentía pesado, casi incómodo. Luca había pasado la tarde dando órdenes a sus hombres, endurecido, distante, como si llevara una armadura invisible que me mantenía al margen de su mundo. Yo lo observaba en cada movimiento: cómo hablaba con voz grave y cortante, cómo se aseguraba de que nadie quedara fuera de su control. Y aunque entendía que era su forma de protegernos, dolía. Dolía sentirme tan cerca de él y al mismo tiempo tan lejana.
Cuando cerró la puerta y el