El trayecto de regreso a la mansión fue una pesadilla hecha silencio. Luca no dijo una sola palabra más, y yo tampoco tuve fuerzas para intentarlo. Su mandíbula seguía tensa, sus manos aferradas al volante como si la furia lo devorara por dentro. Cada segundo me recordaba que la verdad estaba a punto de salir a la luz, que ya no habría refugio posible.
Apenas llegamos, no me dio tiempo a respirar. La puerta del coche se cerró de un golpe seco, y en cuestión de segundos me encontré contra la pared del pasillo, con el cuerpo de Luca invadiendo el mío. Sus manos en mis brazos no me lastimaban, pero me tenían atrapada. Su mirada era un torbellino de dolor y rabia.
—¡Dime la verdad, Aria! —exigió, su voz ronca, al borde de quebrarse—. ¿Qué fue lo que ese maldito quiso decir? ¡No me obligues a imaginar lo peor!
Sus palabras eran un látigo contra mi piel. Yo abrí la boca, pero antes de poder articular nada, un dolor agudo me atravesó el vientre. Fue como un rayo que me partió en dos, obligán