El trayecto de regreso a la mansión fue una pesadilla hecha silencio. Luca no dijo una sola palabra más, y yo tampoco tuve fuerzas para intentarlo. Su mandíbula seguía tensa, sus manos aferradas al volante como si la furia lo devorara por dentro. Cada segundo me recordaba que la verdad estaba a punto de salir a la luz, que ya no habría refugio posible.
Apenas llegamos, no me dio tiempo a respirar. La puerta del coche se cerró de un golpe seco, y en cuestión de segundos me encontré contra la par