No recuerdo haber sentido tanta urgencia por huir como aquella noche. Apenas las palabras de Matteo se clavaron como cuchillas en el aire, sentí que el aire del almacén se volvía irrespirable. Mi piel sudaba frío, mi corazón golpeaba como un tambor desbocado y mi garganta estaba cerrada. Lo único que logré articular fue un susurro:
—Luca… vámonos, por favor.
Él me sostuvo con esa fuerza que solía hacerme sentir protegida, pero esta vez había en su mirada una mezcla oscura: furia, duda, incredul