No recuerdo haber sentido tanta urgencia por huir como aquella noche. Apenas las palabras de Matteo se clavaron como cuchillas en el aire, sentí que el aire del almacén se volvía irrespirable. Mi piel sudaba frío, mi corazón golpeaba como un tambor desbocado y mi garganta estaba cerrada. Lo único que logré articular fue un susurro:
—Luca… vámonos, por favor.
Él me sostuvo con esa fuerza que solía hacerme sentir protegida, pero esta vez había en su mirada una mezcla oscura: furia, duda, incredulidad. Sus ojos gris acero parecían dos cuchillas brillando en la penumbra, y aunque lo quería con todo mi ser, me asustó ese silencio que se instaló entre nosotros. Matteo se dio cuenta. Por supuesto que se dio cuenta. Su risa seca y enferma se expandió en el lugar, haciendo eco en las paredes oxidadas del almacén.
—¿Qué pasa, princesa? —bufó, escupiendo la sangre del labio partido—. ¿No se lo has contado?
Luca giró el rostro hacia mí de inmediato. Su mano, antes sobre mi espalda, se endureció c