Después de pasar toda la noche en observación me dieron de alta. El médico confirmó que todos mis parámetros estaban bien y que el bebé no corría ningún peligro.
El regreso a la mansión después del hospital fue un silencio denso, tan pesado que cada segundo me hacía sentir el pulso en las sienes. Luca conducía sin apartar la vista del camino, aunque se veía más sereno después de nuestras confesiones, sus manos firmes en el volante demostraban que se aferraba a lo mínimo para no sucumbir a la desesperación, a esa que le pide saber todo y cuánto le oculto. Yo lo miraba de reojo, temiendo abrir la boca, temiendo que mis palabras pudieran derrumbar lo poco de calma que nos quedaba. Y, sin embargo, sabía que no podía seguir ocultando lo que me carcomía. Era ahora o nunca.
Al llegar, subimos directamente a su habitación. No había palabras de cortesía ni gestos habituales. Luca cerró la puerta detrás de nosotros y se apoyó un segundo contra ella, como si reuniera la fuerza para girarse haci