La habitación estaba en silencio, apenas interrumpido por la respiración profunda de Luca a mi lado. El colchón firme parecía demasiado grande y demasiado pequeño al mismo tiempo. Grande porque mi cuerpo se sentía expuesto, atrapado en esa extensión que no me pertenecía. Pequeño porque su presencia lo ocupaba todo, cada espacio, cada sombra. No había escapatoria de él, ni siquiera en sueños.
Yo creí que no hablaría, que se limitaría a cerrar los ojos y dar por hecho que yo obedecía su orden de dormir allí, pero de pronto las palabras salieron de mí como si hubieran estado escondidas bajo la piel.
—Siento angustia —confesé en voz baja, sin lágrimas, solo con esa punzada amarga en el pecho—. Me da miedo que esta vez no haya pasado nada… que otra vez no esté embarazada.
Él giró el rostro hacia mí y sus ojos se encendieron en la penumbra, como si mis temores fueran el alimento que esperaba.
—Entonces lo intentaremos otra vez —dijo con esa seguridad que me sofocaba—. Y las veces que sean n