Esa noche, después del ataque, no pude cerrar los ojos. O mejor dicho, sí lo hice, pero no para dormir. Los cerré porque no podía sostener la mirada de Luca más tiempo. Después de que me llevó a mi habitación como si yo fuera de cristal, y cuando terminó aquella dolorosa confesión, nos quedamos en silencio, hasta que el sueño me ganó la batalla. Me negué a dormir porque quería seguir apoyándolo, pero él no me dejó. Me recostó sobre la cama, permaneció allí, sentado en la penumbra, observándome.