Los días se volvieron un suplicio. No tanto por el recuerdo de lo ocurrido, ni por las heridas que aún ardían, sino por la espera silenciosa que me consumía desde dentro. Cada amanecer, cada hora que pasaba, se convertía en una cuenta regresiva insoportable. Luca y yo no decíamos nada en voz alta, pero ambos sabíamos qué esperábamos descubrir.
El embarazo.
O la ausencia de él.
Era un secreto compartido sin necesidad de palabras, como un hilo invisible que nos mantenía atados, tensos, a punto de