El camino de regreso a la mansión transcurrió en un silencio pesado. La oscuridad de la noche parecía más densa, como si todo lo que había ocurrido en aquel lugar se hubiera pegado a mi piel, persiguiéndome incluso dentro del auto. Mis manos estaban entrelazadas sobre mi regazo, quietas, pero mi mente era un torbellino imposible de callar.
Al llegar, Luca me sujetó de la mano justo antes de entrar. Sus dedos fuertes envolvieron los míos, deteniéndome.
—¿Estás bien? —me preguntó, mirándome con