Los días siguientes pasaron con un extraño ritmo que me incomodaba más de lo que quería admitir. No porque hubiera silencio o calma en la mansión, sino porque la calma era aparente, casi engañosa, como el filo de un cuchillo antes de cortar. Bianca había comenzado a aparecer demasiado seguido, como si la mansión Moretti fuera una extensión natural de su territorio. Y lo peor no era verla caminar por los pasillos con su vestido ajustado y su sonrisa venenosa, sino el hecho de que pasaba horas en