No recuerdo el camino. Mis manos en el volante eran autómatas, mis ojos veían las calles pero no las registraban. El mundo era un zumbido apagado, un paisaje borroso de luces y sombras que se desdibujaba tras la cortina de sal que nublaba mi visión. No pensé en mi casa, en la mansión Moretti, en el juicio silencioso en los ojos de mi padre o la preocupación punzante en los de mi madre. Mi cuerpo, traicionado por la lógica y guiado por un instinto más profundo, eligió el rumbo por sí solo.
Cuand