El sueño no fue un descanso, fue un abismo sin sueños, un olvido necesario. La conciencia regresó a cuentagotas, primero como una sensación de calor. Un calor sólido y constante a mis espaldas, un brazo pesado y protector sobre mi cintura, la suave presión de una mano plana contra mi estómago. Luego, el olor. Bergamota, jabón de sándalo y algo inconfundiblemente masculino, terroso, que me envolvía, impregnaba la camisa que llevaba puesta, la almohada, el aire que respiraba.
Abrí los ojos.
La