El aroma de la comida que Silas había preparado—una pasta simple con una salsa que olía a tomates maduros, ajo y albahaca—aún flotaba en la cocina, un fantasma reconfortante de la normalidad que acabábamos de compartir. Pero la normalidad se había quebrado. Sus palabras, la confesión del niño de dieciséis años y el inicio de una cadena de asesinatos, aún resonaban en el aire, pesadas y transformadoras. Ya no éramos un acreedor y su deudora. Éramos dos personas que se habían mostrado las cicatri