Al confesar esa verdad, esperé encontrar algo en su expresión. Una ceja arqueada, un destello de sorpresa, algo. Pero no hubo nada. Su rostro era un lago de perfecta tranquilidad. Ni siquiera parpadeó.
La incredulidad se apoderó de mí.
—¿Y eso es todo? —estallé—. ¿No te sorprende? ¿No te importa?
—Ya lo sabía —declaró, con una simpleza que me dejó sin aliento.
—¿Qué? ¿Cómo? ¿Cómo es posible?
—Valentina —dijo, como si le explicara algo a un niño—, cuando alguien viene a pedirme un favor, lo inv