Después de cerrar el trato me fui en silencio y sin despedirme, como ya era costumbre para mí.
La puerta de la mansión Moretti se cerró a mis espaldas con un clic suave. El aire dentro era quieto, cargado con el silencio de la mañana y el peso de las mentiras que acababa de acumular. Creyendo que podría escabullirme hacia la santidad de mi habitación, di un paso hacia la escalera, pero una voz, serena y afilada como el filo de un cuchillo, me detuvo en seco.
—¿Y a dónde fuiste con tanta urgenc