El sueño se desvaneció de un golpe, arrancado por el vibrar insistente y agudo del teléfono en mi mesilla de noche. La luz del amanecer apenas se filtraba por las persianas. Sofía. El nombre de mi amiga parpadeaba en la pantalla, pero cuando contesté no era su tono de voz habitual. Era un pitido de pánico.
—¿Val? ¡Dios mío, Val! —su voz era un chillido ahogado, un susurro exaltado que traspasó la línea—. ¡Acabo de oír a mi padre! ¡Estaba hablando con el hermano de Arturo Ponti!
Me incorporé de